lunes, 16 de julio de 2012

Prólogo

En la oscuridad de la noche solamente se escuchaba la respiración agitada de aquella mujer. Corría sin descanso por un lúgubre sendero ataviado por las danzantes sombras de los árboles proyectadas por la pálida luz de la luna. No sabía cuánto llevaba huyendo, solo unos minutos o quizás varias horas, pero no podía parar, no después de lo que había presenciado.


Mientras avanzaba por la senda, escuchaba las pisadas de sus perseguidores, y los guturales bramidos de las bestias de la noche, ansiosas de sangre. Estaba asustada, temía por su vida, pero tenía un deber que cumplir. Ella era la única capaz de salvar a todo el mundo.


Sin embargo, pronto tuvo que detenerse, ya que una inmensa sima le cortaba el paso. Trató de buscar otro camino, pero al girarse notó un fuerte impacto en su hombro derecho, y la mujer calló entre gritos y lagrimas a la oscuridad del abismo.